EL PERDON

perdon

Uno de los pecados que es más fácil cometer y por ende es más peligroso y que puede arruinar nuestra comunión con Dios es la falta de perdón (también llamado resentimiento y rencor). Es tan común entre cristianos que el Apóstol Pablo lo menciona en varias cartas como un impedimento grande en nuestra madurez y transformación a la semejanza de Jesús.

“Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como también Dios os perdonó en Cristo.” – Ef. 4:32
“ soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro; como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.”   – Col. 3.13  

 

Tal vez estos pasajes son los más desobedecidos en las vidas de los cristianos y la causa de tan poco fruto, gozo, comunión edificante y testimonio efectivo.

¿Cómo podemos saber si somos culpables de este pecado?  Cuando no dejamos pasar oportunidades para contar (y recontar) lo que alguien nos hizo. Cuando tenemos que probar que nuestra falta de carácter cristiano se debe a lo que otros nos hicieron. Cuando contamos las cosas de años atrás como si fuera ayer. Cuando no queremos estar con otros porque recordamos lo que nos dijeron o nos hicieron alguna vez. Cuando no podemos orar por ellos y pedir las bendiciones del Cielo en sus vidas. En fin, cuando todavía existe un estorbo en nuestra comunión con cualquiera con quien hemos tenido un problema.

Yo no encuentro ningún lugar en la Biblia donde nos dice que es legítimo guardar rencor porque el otro estaba haciendo lo malo, ni porque no ha venido a humillarse y pedir perdón, ni porque sigue haciendo el mal. Lo que yo encuentro en la Biblia es que no debemos permitir que nadie nos quite el gozo de nuestra comunión con Dios, y esto lo perdemos si no perdonamos a los que nos ofenden. Yo encuentro el discipulado radical del Sermón del Monte que exige arreglar cualquier problema (Mateo 5:23-26) y amar, bendecir, hacer el bien y orar por los que nos ofenden (Mateo 5:44-48 y Lucas 6:27-36). Pablo repasa estos deberes en Romanos 12, especialmente en los vs. 17-21: “Nunca paguéis a nadie mal por mal.  Respetad lo bueno delante de todos los hombres. 

Si es posible, en cuanto de vosotros dependa, estad en paz con todos los hombres.  Amados, nunca os venguéis vosotros mismos, sino dad lugar a la ira de Dios, porque escrito está: MÍA ES LA VENGANZA, YO PAGARE, dice el Señor.  PERO SI TU ENEMIGO TIENE HAMBRE, DALE DE COMER; Y SI TIENE SED, DALE DE BEBER, PORQUE HACIENDO ESTO, CARBONES ENCENDIDOS AMONTONARAS SOBRE SU CABEZA. No seas vencido por el mal, sino vence con el bien el mal.”

 

¿Por qué es tan difícil obedecer en esta área de nuestra vida? ¿No será por el orgullo tan inmenso que no está crucificado con Cristo? El orgullo toma cualquier ofensa tan personal que la reacción carnal se convierte en expresiones o actos agresivos que no son del Espíritu. El primer pecado de una cadena es cuando nos enojamos con alguien por una ofensa y no lo perdonamos. Luego pasa tiempo. El sol se puso y no lo hemos arreglado y seguimos enojados. Crece el enojo a indignación. Cuando pasa más tiempo sin perdonar la ofensa, luego se convierte en resentimientos. Con el paso de más tiempo se convierte en rencor o deseo de venganza. Ya no se aguanta la presencia de la persona que nos ofendió. Por esto, amigos, la falta del perdón es el mayor pecado. La ofensa sucedió una vez pero la falta del perdón se repite cada vez que recordamos y no hacemos lo que Dios manda. Por días, semanas, aún años de rebelión contra el mandamiento de Cristo. Por esto las  consecuencias son tan serias que roban la salud del alma como la del cuerpo de las bendiciones divinas. Cuántos de los que viven así terminan yendo a sicólogos o siquiatras para recibir esa sicología “Pop” que sólo fortifica el mal:  “Todo tu problema es por lo que te hicieron.” No, amigos, nuestro problema es por LO QUE NO HICIMOS NOSOTROS, que viene siendo lo que hicimos mal, o sea, el pecado de no obedecer a Dios.

Peor es si la persona que nos ofendió ha obedecido a Dios y ha buscado una reconciliación mediante la confesión humilde y no le hemos perdonado como Dios nos ha perdonado. Hay muchos que caen en este pecado del dicho “Te perdono pero nunca lo voy a olvidar”, (es a saber, siempre va a recordar esa ofensa). Si perdonamos como Dios nos ha perdonado tenemos que “NO RECORDAR” esa ofensa contra la persona. La evidencia de esto es nunca mencionarla a esa persona y mucho menos a otra persona. Es también rechazar cualquier tentación de recordarla de nuestra mente.

Oí una anécdota que ilustra esta gran verdad. Un joven buscaba consejo de un cristiano maduro sobre la culpabilidad que sentía por viejos pecados que él “confesaba” muchas veces pero nunca se sentía libre de ellos. El amigo maduro le dijo, “¿Sabes lo que Dios te diría, amigo?” El joven admitió que no sabía y el otro le contestó, “¿Cuál pecado?” Basados en I Juan 1:7-2:2 y Hebreos 10:16, ¿qué otra respuesta podría haber?  Así hemos de perdonar y nunca recordarlo más contra aquel a quien hemos perdonado.

Es posible que algunos han dejado un lugar para Satanás en sus almas (Ef. 4:27) por este pecado. Hay un “espíritu de amargura” que busca lugar en corazones que guardan resentimiento, rencor, ira contra alguien que les ofendió. Este se manifiesta en una amargura que estorba y contamina a otros (Heb. 12:14,15) donde no hay paz entre hermanos. Las personas más amargas e irascibles que he conocido son las que no han perdonado a alguien que les ha ofendido años atrás. Su amargura creció porque no tomaron la decisión de perdonar aquella falta.

Ahora bien, necesitamos aclarar el proceso del perdón porque muchos están confundiéndolo con una reconciliación perfecta y una restauración completa de aquella amistad. Qué bueno sería que fuera así cada vez que hay un problema con otros, especialmente con los hermanos en la fe con quienes estamos en contacto. Pero nuestro perdón es una decisión que no depende de ninguna otra persona ni situación para lograr una liberación del pecado de no perdonar. Lo ideal sería que el ofendido y el que ofendió se encontraran a medio camino buscando uno y otro una reconciliación mediante la confesión humilde y el perdón sincero. Pero no vivimos en un mundo ideal ni en una familia espiritual perfecta.

A veces la otra persona no coopera, especialmente si no es cristiana. A veces viven lejos o hemos perdido contacto con ellos. A veces, inclusive, han muerto … pero el dolor del pecado no perdonado estorba nuestra paz. A veces son personas que fácilmente “confiesan” y piden perdón y olvidan el asunto (y probablemente vuelvan a incurrir en la misma ofensa más tarde, y repiten el proceso).  Todos estos casos hacen más difícil o imposibilitan una verdadera reconciliación o arreglo.

Pero amigos, esto no importa. Tenemos que perdonarles para ser libres del pecado de no perdonar y sus nefastos frutos pecaminosos. Nosotros podemos perdonarles aunque no respondan ellos por cualquier razón. Si no fuera así, Dios no lo mandaría tan enérgicamente. Siempre nos toca perdonar, con o sin la cooperación del otro.
Si alguien no puede por alguna razón hablar cara a cara (lo preferible) o por teléfono (el correo electrónico es la menos apta de todas las formas por ser tan fría), entonces escriba una confesión del pecado suyo de no perdonar, de resentir, de no amar, etc., y declare en una afirmación positiva: “Yo {nombre} perdono a {nombre} por haberme ofendido.” Enseñe esta confesión y declaración a algún amigo con quien puede ser transparente y oren juntos por una liberación divina de esa amargura que se ha enraizado en su corazón. Sería bueno seguir orando frecuentemente con aquel amigo para asegurarse que no vuelva.  Oh, que todos fuéramos libres de este pecado y sus consecuencias.

Yo sé que he escrito algo sobre este problema antes, pero es mi deber a veces escribir “las mismas cosas” para recordarnos de la seriedad de cualquier falta de obediencia que pueda estar arruinando nuestras vidas, haciéndonos pámpanos estériles y peligrando nuestro futuro. Así que, les pido que tomen estas palabras como una exhortación a la santidad que Dios busca y manda, “Sed santos, porque Yo soy santo ” (I Pedro 1:16).

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