Celo por la casa de Dios


Nos acostumbramos… a vivir en nuestra casa y a no tener otra vista que no sea las ventanas que nos rodean. Nos acostumbramos a no abrir las cortinas. Y porque no abrimos completamente las cortinas nos acostumbramos a encender más temprano la luz. Y a medida que nos acostumbramos a la luz, olvidamos el sol, olvidamos el aire. Nos acostumbramos… a despertar sobresaltados porque se nos hizo tarde. A tomar rápido el café porque estamos atrasados. A comer un sándwich porque no da tiempo para comer a gusto. A salir del trabajo porque cae la noche. A cenar rápido y dormir con el estómago pesado sin haber vivido el día. Nos acostumbramos a ahorrar vida que, poco a poco igual se gasta y que una vez gastada, por estar acostumbrados, nos perdimos de vivir. Y al estar acostumbrados nos olvidamos de las bendiciones de Dios.
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